Un año más, la Asociación Almería Acoge, a través de la iniciativa de Acción Social de CaixaBank, ha hecho posible la entrega de los regalos del Árbol de los Sueños, una iniciativa que va mucho más allá de un simple detalle.
El Árbol de los Sueños es ese árbol especial que permite que nuestros niños y niñas reciban un regalo con la llegada del nuevo año. Un regalo que, en muchos casos, no es un capricho, sino una verdadera necesidad. Regalos que abrigan, que protegen del frío, que acompañan en el camino al colegio y que cubren carencias que no siempre se ven a simple vista.
Desde otros ojos, estas realidades pueden pasar desapercibidas. Por eso, desde nuestra entidad sentimos la responsabilidad y la necesidad de poner voz a estas vivencias, de contar lo que hay detrás de cada deseo escrito con ilusión.
El Árbol de los Sueños es también un espacio donde nuestros chicos y chicas pueden expresar emociones, sentimientos y deseos. Lo hacen con palabras sencillas y sinceras, pidiendo siempre regalos alejados de la tecnología o de lo materialmente ostentoso. Sus peticiones hablan de valores, de humildad y de una gran madurez.
Nuestras imágenes lo dicen todo. Los deseos más repetidos son un chaquetón para no pasar frío, unas zapatillas para ir al colegio, un balón para jugar con sus amigos o una equipación deportiva. Nunca piden algo imposible ni inaccesible; piden aquello que puede hacer su día a día un poco mejor.
Y es ahí donde tomamos conciencia de la grandeza de estos pequeños gestos. De cómo algo tan sencillo puede transformar una realidad y llenar de ilusión un corazón.
Desde Almería Acoge nos sentimos profundamente orgullosos de nuestros niños y niñas, de los valores tan hermosos que demuestran y de la fuerza con la que afrontan la vida. Gracias a todas las personas y entidades que hacen posible que el Árbol de los Sueños siga creciendo, porque cada regalo es también un abrazo, una esperanza y una sonrisa compartida.
No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni
inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y
soberano artífice de ti mismo, te informases y
plasmases en la obra que prefirieses. Podrás
degenerar en los seres inferiores que son las
bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en
las realidades superiores que Son divinas.
Discurso sobre la dignidad del hombre. Pico della
Mirandola (1463 -1494)
En las últimas semanas se ha resaltado en la prensa cosas como que según un informe elaborado por el Consejo Económico y Social, encargado por el Ministerio de Inclusión, en el que se afirma que “la inmigración se ha convertido en un factor estructural para el crecimiento económico, el sostenimiento del sistema de bienestar y la cohesión social”.
En el mismo sentido, “los empresarios catalanes reclaman un pacto para favorecer la inmigración y dicen “la necesitamos como el aire para respirar”. Decían: “sin inmigración no podemos producir, no somos competitivos”, es decir, la inmigración es necesaria para la sostenibilidad de la sociedad del bienestar.
Al mismo tiempo, no voy a extenderme en recordar que desde hace bastante más tiempo, los mensajes contra la inmigración, en todo el mundo, triunfan; la Unión Europea copia y blanquea lo que afeaba en Meloni hace un par de años, y da pasos para la externalización de fronteras, y pacta con países «claramente» protectores de los DDHH como Mauritania (por otro lado, a quien le importa) el encarcelamiento de migrantes (oficialmente en centros de retención). Los migrantes son estigmatizados como responsables de todos los males desde Europa hasta Chile, por todas aquellas personas patriotas como les gusta llamarlas a Donald Tramp, imponiéndose el discurso del rechazo, del miedo, del racismo, del odio.
Sin embargo, no es contradictorio con esa necesidad que tenemos de mantener el sistema, simplemente muestra de manera muy clara la situación que estamos viviendo: hasta el discurso antirracista se centra en la aportación económica.
¿y qué pasa con quienes no pueden aportar al dios mercado?, ¿qué pasa con quienes no son productivos?
En Atapuerca, Miguelón (por Miguel Indurain) son los restos de un individuo varón, de hace unos 400.000 años (heidelbergensis, humanos arcaicos antecesores de neandertales y de sapiens) llegó a casi 40 años, una edad avanzada para su especie, que sobrevivió con graves heridas, incluyendo fracturas múltiples y un trauma craneal que le dejó sordo y ciego. Su supervivencia solo fue posible si su grupo social lo cuidaba, lo alimentaba y le proporcionaba refugio. Es una de las primeras muestras de cuidados que se tienen entre la especie “humana”. Se pone como ejemplo de que en Atapuerca había una civilización incipiente, una sociedad con valores, con normas… hasta poco antes o incluso al mismo tiempo se practicaba el canibalismo (hay muestras también de eso) seguramente poco antes de ser tan civilizados.
Chabola de «Mamadou»Chabola de «Mamadou»
Mamadou ( que no se llama Mamadou) tiene algo más de 40, estaba trabajando en la comarca de Níjar, en un invernadero, claro; vivía en una pequeña chabola junto al cruce de Balsa Seca, cerca de San Isidro. Una noche, volviendo del trabajo en su bicicleta un coche lo atropelló y se dio a la fuga (fue localizado después). Lo encontró la Guardia Civil tirado en la cuneta, las piernas rotas (tibia y peroné) no podía moverse. Fue trasladado al hospital y operado. Tras un tiempo en recuperación, aún sin ninguna movilidad; el hospital Torrecárdenas estuvo moviendo cielo y tierra para encontrar dónde alojarlo porque debía darle el alta hospitalaria; no se encontró ningún recurso de acogida, sobre todo por la situación de dependencia de esta persona que no podía moverse. Al final una ambulancia lo dejó en su chabola; lo encontramos al día siguiente tumbado, sin agua, sin comida, sin analgésicos. No tuvo la suerte de Miguelón 400.000 años después, no le llegó la civilización.
Seguramente Pico della Mirandola tendría muy claro que se trata de dos ejemplos de la opción posible que dejó escrita en aquel texto, la de Miguelón es la que prefiere acercarse a “ las realidades superiores que son divinas”, la segunda la que opta por “degenerar en los seres inferiores que son las bestias”, y eso que, personalmente, reconozco “bestias” bastante más amables que personajes tipo Albiol.
Cierto, tenemos una civilización, unas normas, derechos y deberes (que deben compensarse) unos valores, pero como decía Irene Vallejo el pasado día 14 en El País “sin la coherencia de los hechos no sobreviven los derechos”. Los podemos escribir con tinta de oro, pero no sirven de nada si no son protegidos, y si la motivación para protegerlos es la aportación al sistema capitalista, mal vamos. Yo al menos pienso que los valores, como los derechos fundamentales, no pueden basarse en un % de beneficio.
Una muestra, Ismael Diallo, llegó a las costas de Almería en una patera y ahora nos enriquece con un libro de poesías que titula “Me trajo el mar”, que presentó el día de las migraciones en la Biblioteca Pública Francisco Villaespesa. La poesía, como ejemplo, tiene un valor enorme que no puede pagarse en monedas.
El cuidado, la poesía, la protección, la ternura, la acogida, el amor, la gratuidad, el arte, la convivencia, el intercambio… nos aportan valores tan importantes que son clave para reconocernos humanos. La persona que nos necesita y solo puede aportar su pura necesidad de ser acogida, ser refugiada, por ejemplo, esa persona nos entrega la ocasión de humanizarnos, de huir del canibalismo, de escapar de comernos unos a otros a bocados de aranceles y amenazas; nos facilitan ser civilizados, plenamente humanos.
El día 18 se celebra el Día Internacional de las Personas Migrantes. Como dicen en las Naciones Unidas «es una buena ocasión para resaltar las inestimables contribuciones de millones de migrantes en todo el mundo», pero sobre todo para destacar las causas que hacen que millones de personas se vean obligadas a migrar en todo el mundo.
Nosotros hemos tenido la suerte de contar este año con Ismael Diallo, un Guineano, de Guinea Conakry, que desde pequeño ha sabido «dibujar con palabras», que desde pequeño ha ayudado a otras personas a expresarse con palabras, que hoy sigue dibujando su vida, la vida, con sus palabras, con las palabras.
Ha sido una experiencia fascinante, con una presentación ejemplar por parte de una persona destacada de la literatura almeriense como es Francisco Martínez, comprometido y siempre activo, que ha sido capaz de ahondar y desentrañar al autor, con un público, mayoritariamente de personas migrantes que poco a poco ha ido profundizando en el autor y en el libro. Un traductor de lujo, Adama, que le ha dado corazón a los poemas en un idioma, el bámbara, para los que nos estaban escritos.
Y, por supuesto, un autor que nos ha regalado no sólo la presentación de su libro sino la presentación de una vida, de unos sueños, de la dificultad para cumplirlos y del tesón que hay que poner para no quedarse quieto en un camino lleno de dificultades, especialmente el alejarse de su familia, no tanto de su tierra porque siempre se ha sentido un ciudadano del mundo. Un regalo, la frescura de sus poemas y la presentación de los mismos.
Todas las banderas son rojas; un rojo oscuro, un rojo oscurecido por el tiempo; banderas manchadas de rojo, de rojo oscuro, rojo de sangre. Todas las banderas están manchadas de sangre, de sangre de los otros, siempre de sangre de los otros. La sangre de los nuestros se lava; se blanquea con laureles y medallas, la sangre de los héroes es transparente.
La otra, la sangre oscura que mancha todas las banderas, todas las fronteras, siempre es de los otros, “que la sangre impura empape nuestros surcos” dice el himno del país vecino. Todas las banderas son rojas, “todas las banderas son carnívoras”, las banderas sirven, sobre todo, para hacer la guerra, para señalar lo nuestro frente a los otros, nuestro suelo, nuestras gentes, nuestro credo, nuestra lengua, nuestra historia, nuestro bolsillo, nuestro dinero, nuestra patria, nuestro todo… todo menos la sangre, que será de los otros.
Ahora vivo a costa de un millón de muertos, un millón de tumbas, un millón de espectros Ahora vivo a costa de un millón de cuerpos un millón de sombras, un millón de sueños. Cuánta tumba, ya no hay tierra, para cavar en ella, para dejar sin nombre tanto hombre. Cuántos nombres quedan fuera, por nuestras banderas Cuántos hombres cuestan las fronteras Ahora vivo a costa de un millón de muertos… Cuánta sangre se ha perdido, cuánto honor herido en estas guerras crueles sin laureles Cuánta hambre se ha pasado, hambre por cada lado, hambre de paz, hambre de hombre honrado. Ahora vivo a costa de un millón de muertos… Cuántas lágrimas lloradas para lavar las llagas para olvidar los muertos con el tiempo. Cuántos ojos, cuántas caras, cuántas vidas cortadas cuántas ilusiones enterradas. Ahora vivo a costa, de un millón de muertos…
Es la misma sangre, porque es la misma hambre. La misma hambre la que volcó la semana pasada aquella barcaza en Canarias y llevó a la muerte a 3 niñas y 4 mujeres; la misma hambre la que ayer y antes de ayer y seguramente hoy hacinará a hombres mujeres y niños de Gaza en corrales para ganado esperando un trozo de pan, una ayuda que mate al hambre… y encontrarán más metralla, más disparos, más soldados, más odio, más muerte.
Es la misma hambre la que empujaba la pequeña patera que el lunes pasado sembraba la cala de la maroma en Nijar de personas extenuadas y un nuevo muerto. Es la misma hambre que empuja a quienes huyen por todo el mundo, de Ucrania, de Rusia, de Mali, de Burkina Faso, de Sudán, de Somalia, de Yemen, de Myanmar, de Nigeria, y así hasta los 56 conflictos armados activos en el mundo, con 92 países, 92 banderas implicadas.
Son millones quienes huyen, quienes cruzan la tierra y el mar para escapar de banderas que luchan contra banderas, y más millones quienes huyen del hambre, de la injusticia, millones los que huyen y encuentran la cerrazón, la espalda del mundo, la muerte, el mar como frontera, alambres como frontera, muros como frontera, silencio como frontera, mirar hacia otro lado como frontera, intereses económicos como frontera… fronteras que nos mantienen tranquilos, callados, comidos, bebidos, dormidos.
Que no sea así entre nosotros, que se escuche nuestro silencio que no es cómplice sino altavoz del hartazgo, del asco, del rechazo que producen tantos repugnantes genocidios, causados por el mismo ciego egoísmo de quienes olvidan que, al otro lado de la frontera, al otro lado del mar, al otro lado de nuestras cicateras legislaciones, hay una hermana que muere, un hermano que sufre y que nos recordará siempre nuestro crimen.
Utilizamos la poesía de Pilar del Rio para expresar nuestra solidaridad con todas estas personas. Mi hijo muere cada tarde en el mar….
Y, una vez más, unimos nuestro silencio respetuoso y nuestra voz para repetir juntos estas reivindicaciones:
– Mostramos nuestra más absoluta indignación por la continua repetición de la injusticia que supone tantas muertes. Y pedimos que se detenga de forma inmediata el genocidio en Gaza.
– Exigimos que se tomen medidas concretas y urgentes para evitar que se vuelva a repetir la vergüenza de las muertes para llegar a Europa, y garantizar la seguridad de las personas que se ven obligadas a migrar.
– Exigimos que los distintos gobiernos, abran vías seguras de migración para las personas que se ven forzadas a dejar sus casas y familias por causa de las guerras, el hambre y las injusticias.
– Exigimos que se hagan todos los esfuerzos necesarios para respetar la memoria de las víctimas, para identificarlas y comunicar la desgracia a sus familiares.
– Nuestra sociedad pierde sus valores fundamentales si no reacciona de forma más humana, y nuestras administraciones no pueden parecer, ni aparecer, como insensibles a esta dramática situación.
NO MÁS MUERTES PARA LLEGAR A EUROPA POR UN MEDITERRÁNEO SOLIDARIO
Una tarde mas paseamos otra compañera y yo por las calles del Puche, barrio marginado donde los haya, sus vecinas y vecinos son puros supervivientes, a veces parece un “no lugar”, un espacio impersonal, no habitable, donde las relaciones son tensas en un entorno profundamente hostil. Pero si ahondas más descubres la amabilidad de sus gentes, su sonrisa cuando los miras a los ojos, sus ganas de saludarte, de contarte sus problemas, de recibirte en sus casas, la alegría de los chiquillos que se aprietan a ti en un abrazo inmenso cuando te ven.
Entre las gentes que encontramos cada tarde, están los vendedores del “mercado de subsistencia” (nombre inventado por nosotras), que a partir de media mañana va poco a poco ocupando una calle del barrio. No es un mercado nuevo, llevamos trabajando en él desde que llegamos al barrio allá por el año 2009, en este tiempo ha pasado por muchas fases y ha ocupado muchos espacios distintos, pero siempre ha tenido un elemento que ha permanecido: la marginación, las personas que lo conforman son los mas empobrecidos entre los empobrecidos, los mas excluidos entre los excluidos, cuando esta tarde, le preguntamos a un chico nuevo que qué tal está, su respuesta lo dice todo: “”no papeles, no donde dormir, no trabajo, solo, no muy bien”.
Algunos tienen una botella de cerveza a su lado, otros tienen los ojos, la lengua y la cabeza nublados por lo que se han fumado o han esnifado, si alguien se escandaliza por esto es que nunca ha bajado al barro de la exclusión real. Cuidado, esas personas son tan dignas como cualquiera que esté leyendo este texto. Muchos otros tienen el rostro serio y la mirada perdida en el horizonte, un horizonte que no ven nada claro.
Son personas que solo pueden vivir el momento, porque si piensan en “después”, solo ven su propio fracaso y eso les duele, para huir de ese dolor, huir de su vida sin horizonte y ahuyentar sus miedos es por lo que algunos han buscado adormecerse con adicciones y otros se refugian en vivir solo el momento: “si vendo algo ahora podré comer hoy”, no hay un “y si no vendo nada…”porque ese es el “después” al que no saben cómo enfrentarse.
Esta tarde sin embargo, asistimos a un acontecimiento que ya nos habían dicho que pasaba pero que no habíamos visto aún, se trata de la llegada de la policía local escoltando por delante y por detrás a un camión de la basura y una brigada de limpieza, es una “procesión surrealista”, hay chicos que salen inmediatamente corriendo recogiendo las pocas pertenencias que tienen sobre la acera para que no se las tiren al camión de basura, otros sin embargo se quedan bloqueados y siguen organizando sus pertenencias como si así fueran a ser respetadas, nada mas lejos de la realidad, todo lo que hay sobre la acera es recogido por la brigada de limpieza y echado al camión, objetos y personas son tratados como si fueran basura y es curioso, el barrio entero necesita una limpieza a fondo pero solo limpian el mercadillo.
Ni mi compañera ni yo entendemos por qué la única respuesta del Ayuntamiento ante estas situaciones de exclusión es tratar a las personas como basura. Al menos es la única que nosotras y los vecinos y vecinas con las que hablamos hemos visto.
Se necesita una respuesta mas creativa, mas compleja, mas valiente y me atrevería a decir mas humana, pero nunca cuando hemos hablado del Mercadillo con las instituciones han querido que nos sentemos a buscar una respuesta realmente alternativa y humana.
Nosotras seguiremos paseando cada tarde por las calles del Puche, visitando sus casas, acogiendo los saludos de los chiquillos, nos seguiremos pasando a escuchar a los vendedores del Mercadillo, queremos escuchar la alternativa que ellos ven, queremos que sientan que no son basura, queremos recordarles que son personas y que tienen un futuro, aunque ahora no sean capaces ni de mirarlo.
Es tiempo de Ramadán, tiempo de Cuaresma, tiempo de primavera, tiempo de fraternidad.
Soy una cristiana a la que una musulmana ha invitado en su mes santo a una “ruptura del ayuno”, los musulmanes, durante el mes de Ramadán, no comen ni beben desde el amanecer hasta el atardecer, ella es una mujer madura, no llega aún a los 60 pero su rostro muestra a una anciana, su vida no ha sido fácil antes ni está siendo fácil en esta etapa tampoco, vive sola en una infravivienda, una habitación sin mas ventilación que la puerta, un lugar oscuro, donde nunca llega el sol, en medio de un barrio lleno de pobreza y marginación.
No tiene trabajo desde hace años, hace tiempo que nadie la contrata, quizás porque parece muy mayor, para sobrevivir vende lo que puede en un mercadillo desregulado, en el que es la única mujer, ha tenido que vencer muchos obstáculos culturales y sociales para poder hacerlo, no es fácil mantenerse en este espacio de hombres donde la desestructuración está tan presente como la lucha por la supervivencia y la dignidad.
Es pobre y está sola y esa soledad y pobreza le pesan como una losa, no sonríe, no es feliz y ahora en Ramadán cada atardecer tiene que romper el ayuno sola, es un pan amargo.
Esta noche es diferente, ha decidido decir basta y me ha invitado a una ruptura, no sé muy bien porque, yo solo me he dedicado a hablar con ella en el mercadillo de vez en cuando, alguna vez incluso me he sentado con ella sólo para charlar un rato y escuchar sus quejas, su rabia, sus sueños.
Ella dice que ha tenido suerte porque he asistido, pero soy yo la que esta noche ha tenido mucha suerte. En este encuentro descubro que esta comida compartida y repartida desde la pobreza, pero también desde la acogida y desde el cariño, es una comida que nos permite aceptarnos en la diferencia, acercarnos a Dios desde dos experiencias religiosas distintas, pero que no nos separan. Es una comida de hermandad.
La comida se convierte para mí en un sacramento, esta cena ha sido un regalo en esta Cuaresma, la oportunidad de vivir un Jueves Santo de verdad, la mesa estaba preparada con un cuidado exquisito y la alegría que ella trasmitía era contagiosa, mientras esperábamos los últimos minutos para empezar a comer, no paraba de bromear, había sacado a pasear la niña que lleva dentro y éramos muy felices.
Gracias hermana mujer, por tu lucha en medio de las dificultades y de la soledad, por seguir adelante a pesar de todo, tu testimonio me ayuda a no rendirme.
Gracias hermana pobre, por ayudarme a comprender la dignidad en medio de esa pobreza, la importancia del compartir, aunque se tenga poco o casi nada, la alegría de ese compartir, gracias por abrirme tu casa pobre que me ayuda a darme cuenta de cuantas cosas acumulamos, cuánto nos sobra, me recuerda que en medio de todo lo que acumulo lo que debo buscar es a las personas.
Gracias hermana musulmana, por compartir conmigo tu comida, por ayudarme a acercarme a ti.
¡Qué tiempos!, dicen los viejos, ¡qué tiempos nos ha tocado vivir!. Para los jóvenes, sin embargo, no son ni buenos ni malos tiempos, viven desde la inmediatez de las redes sociales, viven desde la felicidad o la desesperación, a veces sin cerebro, que da sentirse aceptado o rechazado socialmente.
A todos, la sociedad nos hace vivir solo el momento, lo efímero, vidas hechas de instantes, sin pasado y sin futuro, vivimos desde el mí, me, conmigo mismo, del individualismo salvaje y desde la convicción del “consumes, luego existes”.
Sin embargo, para los que vivimos en los márgenes de la sociedad, para los excluidos, para las excluidas, todo se complica un poco mas porque queremos vivir como los demás, en lo efímero, en la inmediatez y la aceptación en las redes sociales, estamos empapados hasta los huesos, como el resto, de individualismo y de consumismo, pero nos sabemos al margen, expulsados de una sociedad a la que queremos pertenecer pero que no nos quiere.
En mi barrio hace años que dejó de entrar el autobús y ya nadie pelea por él, en mi barrio mi hija se puso muy enferma a las 3 de la mañana y al llamar a la ambulancia me contestaron que, si tenia coche que la llevara a urgencias, que a esa hora la ambulancia no iba a venir al barrio, me sentí vulnerable y desprotegida, la vida de mi hija parece que no vale nada porque vivo en la exclusión, y la rabia me sube un instante hasta el corazón y la mente, me sube hasta la garganta y grito, pero mi grito está solo, y se queda ahogado en la desesperanza.
Estoy cansada de sentirme marginada, estoy cansada de sentir que mi vida no va a cambiar, cansada de escuchar a mis vecinas decir que no tienen suerte, quizás no es suerte lo que necesitamos, sino esperanza. Estoy cansada de aprender la desesperanza, necesito aprender a tener esperanza en mi vida, necesito ver esperanza en los ojos de mis vecinos y vecinas, en los ojos de los jóvenes y de los niños.
Necesito que comience un tiempo de esperanza, de esa esperanza que no sea una mera ilusión, que no sea como un cohete que estalla en el cielo y por un instante ilumina nuestras vidas con múltiples colores, necesito de esa esperanza que nos anime a seguir adelante, buscando nuevos caminos, nuevas formas de vivir y convivir, de esa esperanza que me hace sentirme y ser persona, y además persona junto a otros.
Necesito sentirme esperanzada, sentir que podemos hacer entre todos que en mi barrio las cosas cambien. Que entre el autobús al barrio, que recojan la basura, que tengamos al menos papeleras, que venga la ambulancia cuando hay una urgencia, sea la hora del día o de la noche que sea. Sentir que mi hija puede tener un futuro mas allá de la pantalla del móvil y de la basura de la calle, mas allá del consumismo y de las fakenews, mas allá de sentirse excluida porque es pobre, o porque es inmigrante.
Sí, inequívocamente, lo que yo necesito, lo que mi hija necesita, lo que necesita mi barrio es ESPERANZA.
En este día, los jóvenes del Proyecto de Extutelados de Almería Acoge quieren mandar un mensaje de apoyo a todas las personas que luchan contra el cáncer, especialmente a las mujeres que enfrentan el cáncer de mama. Este gesto solidario nos recuerda la importancia de la concienciación, la prevención y el acceso a tratamientos adecuados la detección temprana que puede salvar vidasy, sobre todo, que la lucha contra el cáncer es de todos. Juntos somos más fuertes.
Un espacio de aprendizaje y reflexión
A lo largo de una sesión de una hora y media, los participantes pudieron conocer de manera sencilla qué es el cáncer, cuáles son los tipos más comunes en el mundo y en España, y por qué es fundamental la detección temprana. A través de una dinámica de lluvia de ideas, los jóvenes compartieron sus conocimientos previos y reflexionaron sobre la importancia de hablar abiertamente de esta enfermedad para romper tabúes y miedos.
Uno de los momentos más significativos del taller fue la actividad de los lazos de colores, en la que los participantes aprendieron el significado de cada color en la lucha contra los distintos tipos de cáncer y la importancia de visibilizar el apoyo a las personas que padecen esta enfermedad. Además, se presentaron datos sobre la incidencia mundial de la enfermedad, destacando que en 2020 se registraron 20 millones de casos nuevos y que el cáncer de mama fue el más frecuente, afectando a más de 2 millones de personas.
Participación activa y compromiso con la prevención
Durante el taller, los jóvenes participaron en una actividad interactiva donde debieron clasificar diferentes hábitos como saludables o perjudiciales para la prevención del cáncer. Esta actividad permitió que comprendieran la importancia de llevar una alimentación equilibrada, hacer ejercicio regularmente, evitar el tabaco y el alcohol, y acudir al médico ante cualquier síntoma sospechoso.
También se abordó el impacto emocional del cáncer y el papel fundamental que juega la actitud positiva en el proceso de tratamiento. Los jóvenes reflexionaron sobre cómo pueden apoyar a una persona que esté luchando contra esta enfermedad, resaltando la importancia de acompañar sin juzgar, motivar sin presionar y celebrar cada pequeño avance.
Un mensaje de apoyo a las mujeres con cáncer de mama
El taller concluyó con un gesto solidario que llenó de emoción a todos los presentes: la grabación de un video en varios idiomas en apoyo a las mujeres que están luchando contra el cáncer de mama. En esta grabación, los participantes expresaron mensajes de aliento y esperanza, reafirmando que nadie debe enfrentar esta batalla en soledad.
Desde nuestra asociación, queremos agradecer la participación activa de todos los jóvenes que formaron parte de este taller. Su interés, reflexiones y compromiso con la prevención son una muestra del impacto positivo que generan estas iniciativas.
Seguiremos promoviendo espacios de concienciación y formación, porque creemos firmemente en el poder del conocimiento, la prevención y la solidaridad para construir un futuro más saludable para todos.
El programa de jóvenes extutelados está impulsado por la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad y cofinanciado por el FSE+, trabaja por la inserción social y laboral de jóvenes migrantes extutelados y en situación de vulnerabilidad.
Queríamos empezar esta reflexión con algo que nos recuerda la UNESCO: «La migración es un fenómeno mundial impulsado por muchas fuerzas. Estas comienzan con aspiraciones de dignidad, seguridad y paz. La decisión de salir de casa es siempre extrema y, con demasiada frecuencia, el comienzo de un viaje peligroso, a veces con un final fatal».
Queremos aprovechar este día para volver a poner la reflexión de un grupo de chicos que han hecho ese viaje peligroso y que nos recuerdan todo lo que han perdido en el y todo lo que su tierra está perdiendo. Una reflexión muy profunda.
«Soy África. Todos me conocen y saben dónde estoy. Soy hermosa por dentro y por fuera; tengo desiertos infinitos, selvas y ríos que cuentan diferentes historias. Pero también llevo cicatrices que crecen cada día, ausencias que duelen y sueños que nunca vuelven.
Tengo una pena en lo más profundo de mi corazón porque mis hijos me dejan con la esperanza de encontrar algo mejor, y muchos no regresan a mí. Mis hijos buscan aquello que no encontraron en mi seno, no porque yo se lo haya negado, sino porque el mundo me ha saqueado y me ha olvidado. Cada día los veo partir, sabiendo que algunos nunca volverán, sabiendo que las olas reclamarán sus vidas antes de que puedan tocar otras tierras. Aunque algunos logran llegar, mis llantos son por aquellos cuerpos que flotan en el mar sin ninguna dirección.
El mar debería ser un puente para cruzar, pero se ha convertido en un cementerio de almas y sueños. Conozco cada cuerpo que se hunde en sus aguas. Sé sus nombres, sus historias, sus anhelos y sus ilusiones. Eran madres, padres, hermanos, hijos. Eran mis hijos. Y el dolor de perderlos me atraviesa el alma como un cuchillo afilado. ¿Dónde está la justicia para ellos? ¿Por qué sus vidas valen menos solo porque nacieron en mi suelo?
Soy rica en recursos, en cultura, en historia, pero también soy prisionera de la codicia humana y de la indiferencia de un mundo que cierra los ojos a mi sufrimiento. Me pregunto cuánto más debo llorar por mis hijos antes de que se entienda que ellos no emigran por elección, sino por necesidad. Cada patera que se pierde, para el mundo es solo un número más, pero yo no los olvido. Los llevo en mi corazón, aunque el mundo los deje atrás. Cada ola que veo y siento me recuerda a esos hijos e hijas que perdí porque buscaban un futuro mejor.
Mis lágrimas brotan porque sé que merecían algo más que una muerte solitaria. Me rompe el corazón ver familias destrozadas, hijos huérfanos, mujeres y niñas solas. Y mientras el mundo siga ignorándolos, mi llanto no cesará, porque ellos son y siempre serán parte de mí».
Casi siempre nuestro nombre dice mucho sobre quienes somos, o, al menos, de dónde venimos. Es frecuente que conocer nuestros orígenes, aquello que nos fundó, nuestra “etimología”, por así decirlo, nos haga entender mejor el alcance de lo que somos, de lo que hacemos y de lo que queremos ser.
Almería Acoge lleva este “apellido” desde hace 35 años, nos une a una familia desde nuestro origen, y creo que reflexionar sobre el significado de este “apellido” aclara quien quisimos ser desde el principio y cómo nos esforzamos en seguir siéndolo.
Al final todo parecer venir de “capere”. Capere, que venía del latín, se quedó, allá por el año 1.000 como “coger” aunque a finales de 1.200 engendró otra palabra preciosa, “accipere”, porque ya no significaba solo un acto, “coger”, sino que recordaba que todo acto implica una actitud, que no es otra que su significado: “aceptar”. Un poco antes, sobre 1.100, había nacido “acoger”.
No se puede “acoger” nada sin aceptarlo, por eso tiene la misma madre que “escoger” que significa “coger entre varios”. Es normal, entonces, que la actitud de aceptar (en latín “accipere”) proceda también de aquel “capere” y de su hermano “recipere” que en castellano dio en “recibir” y también, claro, recibimiento, recepción, o esa otra tan preciosa: “receptáculo”. Y para reforzar la imagen de que recibir, ser receptáculo, es tan sano para las personas, comparte origen desde 1.600 con receta (“recepta”) “las cosas tomadas para hacer un medicamento”.
A todo esto, comencé a escribir estas refelxiones con mi “Juan Corominas” en una mano y el bolígrafo en la otra, porque la RAE dice que “acoger” es un verbo transitivo, porque para tener todo el sentido requiere de un complemento directo, en este caso siempre mejor “alguien”: dicho de una persona, admitir en su casa o compañía a alguien”; también “refugiar o dar albergue”.
Siempre me ha parecido un verbo espléndido, pero ahora aún más, cuando recuerdo su parentesco con esa actitud de aceptar; aceptar como requisito para acoger, para recoger, para recibir, para mirar a la persona igual, parecida o diferente como alguien que me ofrece esa medicina de ser receptor y receptáculo de su historia, de su vida, receptor de otras formas de contar los cuentos o de cantar amores, también de llorar las penas y de buscar hombros amigos.
La identificación personal con nuestro apellido Acoge, es lo que hace que me escandalice cuando alguien se niega o se resiste a acoger a las personas que lo necesitan, sean menores o adultas. No se puede despreciar la mejor de las oportunidades para crecer como persona. Recordar nuestro origen etimológico debería llevarnos siempre a agradecer, sobrecogidos, cada ocasión que tengamos de aceptar, acoger, recibir, tantas personas que nos convierten en receptáculo de tantos sueños.
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