Primeros de noviembre. Como desde hace muchísimo tiempo, en estas fechas, los cementerios florecen. Las calles y las carreteras se llenan de familiares comprando flores, limpiando tumbas, recordando nombres. Es la fiesta del recuerdo, de la presencia amable de todas las ausencias que aún nos duelen o que al menos nos acercan aún sentimientos de cariño, de agradecimiento, hacia personas cercanas que han fallecido.
Ese mismo día, el de la fiesta de los fieles difuntos, “el día de los muertos” en lenguaje popular, fueron recogidas 82 personas en las playas de la provincia, 82 personas buscando una nueva vida, y una encontrando una nueva muerte.
No lo acompañaban sus familiares, no llevarán flores a su tumba. Es posible que aún no tengan claro por qué no los ha llamado para decir si ha llegado; es muy posible que teman lo peor porque otros ya habrán llamado y saben que salieron juntos. Este no, este, es solo “este”, aún no tiene nombre en el lado del mar donde quedó su cuerpo, en el lado del mapa en que le ha tocado su muerte, su vida quedó en el otro. No tiene familia aquí, no tiene flores, aquí no tendrá lágrimas, si acaso esta tarde un minuto de silencio.

Este no es un muerto de los nuestros, es un muerto ajeno, como tantos otros muertos que no murieron en su sitio, tantas personas que no poseen ni el sitio donde han muerto. Pero lo que sí es nuestro es el motivo. Lo que sí es nuestro es el por qué ha muerto. De eso no podemos extrañarnos. Por lo que ha muerto este muerto y esos otros miles que alfombran el fondo del mar o llenar nichos sin nombre, ni flores, ni lágrimas, eso si es nuestro. Porque nuestras son las fronteras que nos separan, los alambres que las coronan y las banderas que las adornan. Son nuestras las leyes que respaldan esas fronteras y los tratados internacionales que las determinan. Es nuestro el mercado que los condena a la pobreza y les compra a bajo coste las materias primas. Son nuestros la mayoría de sus gobiernos, que firman lo que les indicamos, sostienen sociedades injustas y recogen lo que les pagamos.
Así lo recoge esta poesía de Alvaro Muñoz Rodriguez
En manos de la fatalidad, una vida se apaga sin sentido,
un destino que no es propio, una muerte que no es justa.
No es la propia mano, la que aprieta el gatillo,
ni la propia voluntad, la que decide el final.
Es la culpa de otros, la que cierra los ojos,
la que silencia la voz, y apaga la luz.
Un inocente caído, en un campo de batalla,
un daño colateral, en una guerra ajena.
La impunidad reina, y la justicia se esconde,
mientras la víctima, yace en la oscuridad.
Morir por causa ajena, es una tragedia sin nombre,
un dolor que no cesa, una herida que no sana.
Pero la memoria queda, y la verdad se revela,
y aunque la vida se vaya, la justicia se busca.

Como gesto simbólico nos hemos pasado las pulseras que les ponen cuando los encierran en el Puerto durante 72 horas a las personas que si han conseguido llegar.
Desde el Círculo de Silencio de la plataforma Almería Actúa contra la pobreza y desde la convocatoria “No más muertes para llegar a Europa”, decimos no a esta farsa de mundo que acepta como daños colaterales la consecuencia de muerte de los sistemas injustos, las muertes y el sufrimiento que causa el reparto cada vez más desigual de la riqueza. Nosotras miramos de frente a esta persona, a este muerto, y a todos los hombres y mujeres que se ven obligados a buscarse la vida lejos de su tierra y de sus familias. Nosotras si notamos su ausencia. Nosotras si buscamos la justicia, y por eso hacemos un minuto de silencio…………
Y, una vez más, utilizamos la poesía de Pilar del Rio para expresar nuestra solidaridad con todas estas personas. Mi hijo muere cada tarde en el mar….
“Mi hijo muere cada tarde en el mar.
Mi hijo tiene 18 años, y 26 y 32,
tiene todas las edades en las que hay fuerza, pasión y deseos.
Mi hijo sabe que la felicidad no consiste en tener cosas,
pero sabe que hay cosas imprescindibles.
Por eso no pospone su derecho a vivir, a habitar una casa humana,
a compartir con otros que siempre son sus semejantes
su historia, su tristeza y sus sueños.
Mi hijo aprendió a aprender. Mi hijo estudió,
mi hijo trabajó en todos los oficios.
Mi hijo se respeta a sí mismo, respeta a su tierra, ama y es amado.
Mi hijo no nació para morir en el mar, ningún Dios lo castigó,
ninguna maldición lo obliga a ser esclavo.
A mi hijo lo mata cada tarde una forma de entender el mundo,
una manera criminal de gobernar en la que el ser humano no es lo prioritario,
porque el hombre todavía no cotiza en bolsa,
porque los expoliados y olvidados no llenan los bolsillos
de los mil veces malditos que condenan a muerte a mi hijo
y luego besan con reverencia la moneda donde invocan a un Dios.
Con esa moneda que invoca a Dios y con otras en que aparecen patrias,
los hombres que matan a mi hijo han comprado todas las perversiones
y han cometido todas las ignominias.
Mi hijo es negro, es indio, es blanco, es pobre.
El mundo es suyo, no lo parí en Marte,
no nació con un destino animal porque nació humano.
Mi hijo, cuando muere cada tarde,
seguirá viniendo a esta costa de Europa y del mundo
con su mirada valiente y abierta.
Mi hijo no se rinde, necesita hacernos comprender
que sin él no estamos todos.
Mi hijo, cuando muere, nos deja empequeñecidos,
y él no quiere que su muerte haga desaparecer de la tierra
las palabras más hermosas y los conceptos que nos dignifican.
Mi hijo no puede seguir muriendo
porque con él está muriendo nuestra civilización”.

Y unimos nuestro silencio respetuoso y nuestra voz para repetir juntos estas reivindicaciones:
- Mostramos nuestra más absoluta indignación por la continua repetición de la injusticia que supone tantas muertes. Y pedimos que se detenga de forma inmediata el genocidio en Gaza.
- Exigimos que se tomen medidas concretas y urgentes para evitar que se vuelva a repetir la vergüenza de las muertes para llegar a Europa, y garantizar la seguridad de las personas que se ven obligadas a migrar.
- Exigimos que los distintos gobiernos, abran vías seguras de migración para las personas que se ven forzadas a dejar sus casas y familias por causa de las guerras, el hambre y las injusticias.
- Exigimos que se hagan todos los esfuerzos necesarios para respetar la memoria de las víctimas, para identificarlas y comunicar la desgracia a sus familiares.
- Nuestra sociedad pierde sus valores fundamentales si no reacciona de forma más humana, y nuestras administraciones no pueden parecer, ni aparecer, como insensibles a esta dramática situación.
NO MÁS MUERTES PARA LLEGAR A EUROPA
POR UN MEDITERRÁNEO SOLIDARIO








Toda esta situación que estamos viviendo no está llevando a descubrir situaciones realmente terribles, falta de condiciones salubres mínimas, familias sin recursos, literalmente, personas abandonadas, viviendo en coches, en fin, un panorama del que conocíamos una parte pero que hemos visto es mucho más profundo.

No se nos debe olvidar que el estado de emergencia ha provocado que muchas familias muy cercanas a las situación de vulnerabilidad termine por no poder hacer frente a lo mínimo del día. Este problema está generando una gran angustia entre las familias que ven con dificultad poder llegar siquiera a un mínimo de alimentación diaria. Pero a esto hay que sumar las familias que ya estaban en riesgo directo de pobreza, familias que ya antes de esta situación les costaba o directamente no llegaban a final de mes.



No sabemos tu nombre, pero no importas. Sobras. No importáis, ni tu ni las otras 133 personas que este año ya se han ahogado o han desaparecido en este mar de muerte en que hemos convertido nuestras costas. No importáis, ni tu ni otros niños muertos en cárceles de México o de Estados Unidos también por tratar de llegar a un mundo donde se come todos los días.
Importas para tu madre, que seguirá, Dios sabe por cuánto tiempo, sintiendo tu peso en la espalda y en el corazón; importas para los que hoy estamos aquí, intentando defender nuestra dignidad individual y colectiva a pesar de estos tiempos de egoísmo y alambradas, que es lo mismo. Importáis a unas pocas personas que en vuestras muertes cotidianas vemos cómo nos roban, poco a poco, nuestras propias vidas. Importáis para quienes seremos también apartados poco a poco por gritar, asqueados, que esas políticas no nos representan, que esos intereses económicos, comerciales, terminarán arrinconando también a todos los que protestan, las que luchan, los que no se rinden.
Mujeres supervivientes en un mundo demasiado macho, hombres solidarios, niñas vulnerables de barrios vulnerables, personas que no cuentan ni en el censo electoral, inmigrantes, jubilados, personas excluidas de un sistema tan inhumano que no se duele cuando un hombre cae ahogado, cuando una mujer desaparece en el agua, cuando a un niño de un año y medio no le damos tiempo ni de morir de hambre.
No, esta no es la descripción del muchacho de 16 años que apareció en la playa de Cádiz el viernes pasado. Es la descripción de la foto del primer inmigrante ahogado que fue recogido en una playa española hace ya 30 años, en 1988, cuando intentaba alcanzar el sueño de escapar de la miseria. Fue el primero en esta macabra lista que sumó otro hombre, otra mujer y otro menor la semana pasada. Sin que nadie parezca preocupado por acabar con la vergüenza y el espanto. Los simbolizamos con tres nuevos lazos en esta cuerda de la memoria.
Los gobiernos van cambiando, pero la arbitrariedad y el parcheo se mantienen. Un derecho humano y una necesidad como la emigración siguen manchados de muerte. Es hora de recordar a quienes hemos encargado de la gestión pública, que cada nueva muerte no es sino la demostración de su falta de interés o de su incompetencia. O no son capaces de solucionarlo o no es un elemento central para la gestión política. Mirar hacia el cumplimiento o no de los acuerdos de control de migraciones con Marruecos, hablar de relajación de vigilancia por el Ramadám, es, ciertamente, mirar para otro lado. Achacar las muertes al buen tiempo es aceptarlas como naturales e irremediables. Cualquiera de las dos posturas es una aberración inadmisible que añade aún más indignación, si cabe, a quienes no entendemos de excusas cuando se trata de la vida de personas, de hombres, mujeres, niños, migrantes económicos, refugiados, víctimas de trata… personas que
Mi hijo se llama Antonio, mi hija se llama Maria, mi hijo se llama Enrique… Mi hijo muere todos los días en el mar al intentar alcanzar una vida mejor… en las
Siglos después se concretaron y definieron los derechos humanos en una Europa culta, ilustrada: derecho a la vida, a una vida digna, a un trabajo remunerado y legal. En definitiva, la ley del más fuerte se trocaba en la defensa de los más débiles.
Desde hace varios años denunciamos cada desaparición, cada naufragio, recordamos e intentamos ponerles nombre, incluso rostro, a quienes mueren tratando de alcanzar nuestras costas en busca de un futuro mejor. Pero, en esta ocasión también denunciamos la ausencia de noticias: ¿cuántas semanas hace que los medios de comunicación no reflejan ningún hecho relativo a las migraciones? ¿por cuántos periódicos tenemos que rastrear para encontrar algún dato? El “apagón informativo” hace que los muertos en el Mediterráneo desaparezcan de doble manera: primero físicamente, en la profundidad de las aguas; después, en nuestras conciencias. Pero, sobre todo, que no estén en nuestra vida cotidiana.
El sábado pasado conocimos que otras 53 personas murieron en el mar de Alborán. Buscaban un sueño, el mismo sueño que nos ha movido desde siempre, a todos, el sueño, el deseo de vivir, de progresar, comer, amar, ser felices, salvar a sus hijos, alimentar a sus padres. Hoy están muertos, desaparecidos, olvidados, anegados de agua y sal.
políticos que condenan a millones de personas al hambre, la opresión y la injusticia. Vienen del odio, de la injusticia, del egoísmo disfrazado de patrias, de banderas, de un “nosotros” consagrado con la sangre de los otros, con la pobreza de los otros, con el sufrimiento, con el miedo, con la muerte de los otros. Ya hasta nos asusta que se sepa el número de los que huyen, procuramos ocultar el número de los que mueren, procuramos esconder los rostros, los nombres, el recuerdo, la vida de tantas personas que, simplemente, no cuentan.
